En una noche fría, tenebrosa, de luna llena y ruidosas tormentas con muchos relámpagos, en el horrible, oloroso y famoso cementerio de Villa Tranquila, cinco chicos valientes se reunieron para investigar si era cierto el espantoso rumor que circulaba por el pueblo, que en esas terroríficas noches los muertos del cementerio revivían y salían a buscar sangre fresca.

Los fuertes jóvenes se juntaron frente a la oxidada puerta del lugar de retorcidos barrotes, telarañas y ratas por doquier que tratando de esquivar, pudieron entrar y llegar hasta el antiguo y frondoso jacarandá en flor ubicado justo enfrente de la viejísima tumba de Wiliams Withfrensken, quien había muerto el 18 de mayo de 1.833 a causa de un misterioso suicidio que nunca pudo resolverse, a pesar de existir dos testigos claves que, increíblemente, desaparecieron la noche anterior (también de luna llena) al día de la presentación para declarar. Esto ocurrió en momentos que salieron a cenar, nunca llegaron al lugar, ni se encontraron rastros de estas dos personas que iban a brindar datos precisos, que ayudarían a esclarecer el famoso y renombrado hecho.

Uno de los cinco chicos, Gastón Guerrero, estaba muy aterrorizado por el ruido que producía el viento entre las ramas del árbol, permanecía callado, pálido, con los músculos de la cara paralizada, a punto de desvanecer. En cambio, Ramón Ángel que era el líder del grupo, que a su vez era descendiente de Wiliams Withfrensken, intentaba tranquilizarlo diciéndole que los muertos no revivían y que esta historia fue pasando de generación en generación, a lo que Guido Quintana respondió:

- ¿Para qué estamos acá entonces?

- Mi tío Francisco Gonzáles, que murió en una noche como esta, me contó que cuando él era cuidador del cementerio, encontró huellas de sangre alrededor de la tumba de Withfrensken – dijo Bárbara Bocacorsicopicolini.

Mientras los otros hablaban, Jeremías Hennderk que vio un terrón de tierra volar por el aire, gritó y tartamudeando les dijo:...

– ¿Vi-vi-vi-eron eso?

Todos dijeron: ¿Eso?, ¿Qué cosa?, ¿Estás asustado...?

Y Jeremías contestó temblando: "¿Miedo?, ¿miedo, yo?... esta-ta-ta-tan lolococos?"

Bárbara continuó: - Si, chicos, es verdad... la policía después halló la sangre como había dicho mi abuelo.

Ramón Ángel gritó: "¡Buaaaa! ¡Ché, están todos re asustados!, qué se espera de mi, que soy pariente cercano del "jovato"?

Ni bien dijo esto un gran trueno sacudió el cementerio de Villa Tranquila y una intensa ráfaga de luz pinto las tumbas y los árboles. Los cinco amigos instintivamente se abrazaron y comenzaron a correr sin rumbo fijo.

Las gotas de lluvia cada vez se hicieron más gruesas hasta empapar completamente el pasto del suelo y a los chicos. Bárbara se resbaló y cayó en un pozo. En ese momento otro trueno hizo que el grupo se encegueciera y tuviera que detenerse. Gastón, mirando a Jeremías, y entre nervioso y y risueño, comentó:

- Me parece que los pantalones de Jeremías no están mojados por la lluvia.

Y jeremías solo contestó: A-a-a- visá, si yo-yo-yo no me hice na-na-na-da.

Guido Quintana gritó:

-¡Ché, loco, Bárbara desapareció!

Ramón trató de apaciguar al grupo diciendo que tal vez se habría ido a esconder de la lluvia, o se habría asustado, o...

Gastón, más hablando para él, dijo: - Si, Ramón tiene razón, pero llamémosla, así nos vamos, ¿qué les parece?

- Si, si, eso, eso. – Contestó Jeremías, y los demás asintieron.

La lluvia cada vez caía más fuerte sobre Villa Tranquila. El grupo estaba compacto bajo el agua moviéndose en círculos sin saber dónde ir porque las posibilidades no eran nada tentadoras: las bóvedas, los panteones, la pequeña iglesia, o los techitos sobre las tumbas. De tal manera el grupo decidió unir sus camperas a modo de gran paraguas y permanecer allí hasta que por lo menos la lluvia cesara un poco y se pudiera, al menos, ver mejor.
En una de las tantas vueltas que el grupo daba, Guido se resbaló y quedó apenas enganchado del nudo que había hecho a su campera para prenderla al resto. Con casi medio cuerpo en una fosa logró ver el nombre que figuraba en la lápida: nada más ni nada menos que Wiliams Withfrensken.

El grito de Guido hizo abrir grande los ojos del resto de chicos y Jeremías comenzó a temblar de tal manera que sin querer desarmó al grupo. Ramón Ángel por primera vez sintió temor. En ese momento un rayo atravesó el cementerio como una gran flecha de luz brillante. El flash iluminó claramente la iglesia donde todos pudieron ver una silueta que hacía señas con un gran piloto y las manos en alto.

Gastón, mientras le golpeteaban los dientes, dijo: - ¡Al fin!, debe ser el cura. Guido, con la mitad del cuerpo a flor de tierra gritó: "Eh, no me dejen aquí", y todos lo ayudaron para luego dirigirse hacia la iglesia.

En la puerta estaba aquella persona cuyo rostro no se podía ver por estar cubierto por la capucha del abrigo, la oscuridad de la noche y la gran cortina de lluvia. De pronto, Ramón se desprendió de los demás y comenzó a correr escalinatas arriba. El resto gritaba su nombre con la esperanza de que volviera, pero éste no hizo caso y logró llegar hasta donde estaba la figura. Fue un instante de horror, todos quedaron como congelados por unos segundos que parecieron años. Luego, casi en cámara lenta, el grupo de tres vio como la silueta sacaba de su gran piloto una escopeta y empujando a un lado a Ramón disparó un balazo hacia el grupo, que retumbó en todo el cementerio.

Ramón, desde la iglesia, gritó: - ¡Vengan, rápido!

Los chicos no sabían qué hacer, pero al instante comprobaron que aquel hombre no les había tirado a ellos sino a una persona que estaba detrás y que los seguía desde que habían entrado al cementerio.

Todos corrieron despavoridos hasta donde se encontraba Ramón Ángel quien los esperaba con la puerta de la iglesia abierta. Una vez adentro todos se acurrucaron en sus propias rodillas y quedaron en silencio hasta que la puerta volvió a abrirse y la silueta penetró en el templo alumbrando con una linterna. Ramón corrió hacia aquella persona que sacándose la capucha dejo ver su rostro. Era Bárbara Bocacorsicopicolini. Todos la abrazaron y se alegraron de verla nuevamente. En seguida comenzaron a hacerle preguntas. Ella contó:

"Salí corriendo porque vi una camioneta atrás de la iglesia. Cuando llegué no había nadie pero la puerta estaba abierta y vi el abrigo, la linterna y la escopeta. Las tomé y salí corriendo hasta aquí creyendo que iba a encontrar al cura, pero por ese cartel supe que hoy no venía..."

Jeremías preguntó: - ¿A quién le tiraste?

Bárbara contestó: - Lo que no les dije es que en la camioneta también encontré este papel que dice: "ME LAS PAGARAN...", muchos nombres escritos y también el nombre de Ramón Ángel, y al ladito, entre paréntesis: ÚLTIMA GENERACIÓN.

Ramón dijo: - ¿Entonces este tipo venía a matarme... a mi?... ¿y quién es?

Bárbara comentó: - Creo que es el que hizo correr toda esa historia sobre tu abuelo, y según me contaron...

...a este individuo le fue encomendada la misión de terminar con la generación de Williams Withfrensken. En ese mismo instante mirando a Ramón Ángel, con ojos aterrorizados Jeremías dijo: - o-o-seeea e-e-se eres tú. Bárbara continuando con su relato agregó: -lo que no se sabe es si este hombre corresponde o no a la generación del supuesto asesino, como ustedes saben, lo del suicidio no se lo creyó nadie, pero tampoco se habla del tema por miedo a ser asesinado por ese hombre.

Cuando Bárbara terminó de relatar lo sucedido, todos se miraron sin poder murmurar ni una sola palabra, hasta que uno de ellos dijo:- ¿por qué mejor no regresamos y volvemos otro día?, entonces se pusieron de acuerdo en que deberían regresar cada uno a sus casas y así lo hicieron.

Esa noche, cada uno de los integrantes del grupo quedó aterrorizado por lo que había escuchado, principalmente Ramón Ángel, quien era uno de los que aparecían en la lista y que según parecía era el próximo, por el simple hecho de ser descendiente de Withfrensken. Cuando esa noche logró por fin dormirse, tuvo una pesadilla: soñó que aquel hombre que los estuvo siguiendo en el cementerio, venía a su casa y lo quería asesinar.

Ramón Ángel se despertó y pegó tal grito que despertó a sus padres. Estos al escuchar el grito de su hijo, se preguntaron que le habría ocurrido y salieron rápidamente hacia el dormitorio donde se encontraba Ramón Ángel. Cuando entraron y encendieron las luces, Ramón Ángel estaba sentado en la cama muy asustado y les comenzó a contar lo que había soñado. También contó a sus padres que esa noche él y sus amigos habían ido al cementerio para tratar de encontrar algo referido a la muerte de esas personas durante la luna llena. Les dijo que Bárbara, además, había encontrado una lista en la que aparecían su nombre y el de otros familiares ya muertos. Los padres, al escuchar tremenda historia, decidieron ir a averiguar por sus propios medios qué era lo que en verdad estaba sucediendo...

Y así fue como llegaron al cementerio y descubrieron que todos los muertos, de quienes Ramón Ángel hablaba, se habían reencarnado en los cuerpos de los chicos.

Ahora sí comprendieron por qué Bárbara tenía un arma en su poder esa noche. Porque dentro de su frágil espíritu, estaba su abuelo, que quería matar al asesino de todos.

Ramón Ángel corrió a su casa. Algo en su interior lo guió hacia allí... Debía encontrar el objeto de valor por el cual Wiliams Withfrensken peleó con su asesino hasta morir.

Halló una espada y la tomó fuertemente. El chico, asustado, sin saber qué estaba sucediendo, volvió al cementerio para reunirse con sus padres. Allí encontró a sus amigos, esos fuertes jóvenes que se habían juntado frente a la oxidada puerta del lugar esa noche fría y tenebrosa de luna llena...

Ramón Ángel mostró la espada. La tomó por uno de sus extremos y la golpeó salvajemente contra el piso gris. La espada comenzó a despedir rayos luminosos. En ese mismo instante, todos aquellos muertos "de manera sospechosa", cobraron vida esa noche, y el cuerpo del asesino, ese hombre tan macabro y peligroso, apareció frente a la viejísima tumba de Wiliams, mientras todos veían con ojos asombrados, cómo esa silueta siniestra se desintegraba cual hoja de papel en el fuego...

Hoy, a ciento setenta años de ese supuesto suicidio, ya no quedan misterios en Villa Tranquila...

Comentarios de la escritora Silvia Shujer

NOCHES DE LUNA LLENA

Chicos: Ante todo, una felicitación para los que participaron en la elaboración de este cuento.
La historia es muy interesante. Están muy bien la presentación y los diálogos entre los personajes. Además, tener tantos personajes en una misma historia es muy difícil, y eso lo lograron muy bien.
Mi consejo sería revisar un poco el desenlace. Para que todos podamos entender bien lo que está pasando, a lo mejor, sería bueno aclarar un poco más -quizás desde antes-, el tema de que los muertos se reencarnaron en los chicos.

Por lo demás, ¡Bárbaro! ¡Felicitaciones y sigan trabajando!

Un beso, Silvia